“Aquí todavía se siente el olor de la esperanza”: un mes en Belén para llevar sonrisas a los niños

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Valerio, un joven de Mazara del Vallo (Italia) de 32 años, ha pasado más de un mes al servicio de los niños de Belén: por la mañana, ayudando como cocinero a las hermanas de la Home of Peace, y por la tarde cuidando a los niños discapacitados del Hogar del Niño Dios.

Pocos días tras su llegada a Jerusalén, para continuar la experiencia del voluntariado en Tierra Santa, Valerio nos cuenta su extraordinaria vida cotidiana: “Hacía poco que pensaba ir, pero del pensamiento no pasaba nunca a la acción. Este año, me libré de compromisos de trabajo, me he decidido finalmente, e impulsado por las historias de mi hermana, que el año pasado había visitado Tierra Santa, ¡reservé! Al llegar a Belén, me di cuenta de cómo la vida cotidiana de esta ciudad se encuentra fuertemente afectada por el conflicto inherente en el contexto socio-político. Quienes más sufren los efectos de esta situación son los niños: para ellos son escasas las oportunidades de experimentar un crecimiento sano y equilibrado, si no es a través de las obras de caridad, tales como aquellas en las que he trabajado. Allí, todavía se puede sentir el olor de la esperanza”.

En Belén, los días de Valerio van rápido: a las 9.30 de la mañana ya está trabajando en la cocina de la Home of Peace, un centro que alberga a 22 niños huérfanos o con situaciones familiares difíciles. La casa está a cargo de tres monjas polacas, ayudadas por 3 voluntarios, rotando cada dos semanas. Aquí los niños, además de una cama, pueden beneficiarse de la ayuda de algunos profesores para hacer las tareas escolares y el estudio, pero antes de nada ¡se sientan a la mesa! Con gusto, Valerio sólo ha cocinado platos de la sana cocina italiana: “Los pequeños -cuenta- no le han hecho grandes elogios, pero la comida en la mesa no se podía pasar, y los niños se levantaban satisfechos.”

Pero los ojos de Valerio brillan realmente sólo hablando de tardes pasadas en el Hogar Niño Dios, donde cinco Hermanas del Verbo Encarnado que vivían con veinte niños y jóvenes que sufren discapacidades físicas, psicológicas y mentales. “El ambiente es el de una gran familia -dice el voluntario- siempre hay revuelo, los niños charlando y corriendo aquí y allá, pero el ambiente es muy acogedor.” Desde el primer día allí, Valerio se enamoró de la pequeña Heba, niña huérfana palestina de 7 años, con graves problemas de movilidad: “Tiene que vivir en una silla de ruedas, pero en sus ojos veo que entiende todo. Por la noche, me espera, y cuando llego es siempre una fiesta. Cada voluntario que pasa por este centro es secuestrado por la sonrisa con la que las jovencísimas hermanas viven al lado de estos ángeles: esto es verdaderamente la mano de Dios“.

Es gracias a muchos voluntarios como Valerio, y también a un gran número de amigos que de diversas formas se acercan a estos pequeños, por los que los niños de Belén pueden continuar viendo su futuro con esperanza. Para las necesidades cotidianas, en las dos casas en las que Valerio trabajó se confía en la Providencia, y en los gestos de amistad de muchas personas.

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