“En Belén, como en todo el mundo, Jesús tiene el rostro de los que sufren”. La experiencia de Nicoletta con las ancianas de Belén

Una historia fresca, cautivadora, que narra las dificultades pero también las alegrías que se vivieron durante tres semanas de vida en la casa de acogida de ancianos de Belén. Estas son las palabras de Nicoletta, voluntaria de ATS pro Terra Sancta, al terminar su experiencia:

“No pasaré aquí las Navidades, ¿adivina adonde voy?”. “¿Dónde?”, me pregunta mi nieto. “Me voy donde nació Jesús, a Belén, como voluntaria en una casa de acogida (a continuación, simplemente: “Casa”) de mujeres en dificultad, porque son ancianas -como tu abuela- o porque tienen problemas psíquicos o físicos”. “¿Dónde está Belén?” “En Palestina”, respondo. “¿Está cerca de Jerusalén, de donde me trajiste la camiseta de los camellos?”, pregunta mi nieto. “Si, está cerca, aunque hay un  largo muro que las hace muy lejanas en un cierto sentido…”.  Las preguntas continuaron incesantes ya que es difícil satisfacer la curiosidad de los niños sobre las cosas de los grandes, que muchas veces ni siquiera nosotros entendemos.

Cuando llegué a la Casa, una vez superado el check-point, ya era de noche y me impresionaron las luces de una gran estrella cometa colocada sobre la fachada de la iglesia. Nunca vi una luminaria con forma de estrella cometa tan bien colocada como ésta: Jesús ha nacido y vuelve a nacer en Belén, el 25 de diciembre, para darnos un mensaje de Amor, de Paz, Esperanza y Salvación. En Belén, como en todo el mundo, Jesús tiene el rostro de los que sufren, de los que están solos, de los pobres, de los que han sido abandonados, como las mujeres que se alojan en la Casa.

Cuando entré en el pasillo vi a unas mujeres, más o menos ancianas, sentadas en sus sillones que dormían o miraban la tele, muchas de ellas con su mantita de lana sobre los hombros o en las piernas. Cuando entré todos los ojos se posaron sobre mí, yo me limité a sonreír y saludar con la mano… ¡creo que es un desastre no saber hablar en árabe! A partir del día siguiente, hice todo lo posible para ser útil aunque con la debida cautela, porque considero que el personal no debe ser de ninguna manera “librado” de sus tareas con la llegada de los voluntarios. Intenté unirme, conocer y comprender. Entre ellas no hay mucho diálogo, no hablan como todas las mujeres, como si ya no tuvieran nada que contarse. Pero no faltan los gestos de solidaridad y ayuda recíproca: quien está en sillas de ruedas es empujada de un local a otro por quien está más en forma, así como a la mujer ciega siempre la coge de la mano alguna compañera. Ella esto lo sabe porque, en la mesa, una vez se ha terminado de comer, no siempre espera a que alguien la “agarre” para ir al salón, si no que se levanta y siempre hay alguien que se acerca rápidamente para ayudarla.

Día tras día, cada una de las mujeres de la Casa demostraron ser  una fuente inagotable de sorpresas. Las más ancianas me asombraron por su sencillez y afectuosidad: demostrando una gratitud infinita por pequeños gestos de amabilidad, como ser llevadas por el brazo para ir del comedor a los sillones del pasillo. Alguna tenía conmigo una actitud materna, me atrevería a decir protectora, llegando directamente al corazón. Por lo poco que ofrecía obtuve una recompensa hecha de dulces sonrisas, miradas cariñosas, tiernos abrazos. Con las mujeres más jóvenes, con las que podía intercambiar alguna palabra en inglés o en francés, me sentí de alguna manera, como una hermana o una amiga. Aunque es verdad que parece que hubiera algo “desconectado” de la realidad de sus comportamientos y la comunicación era complicada. Había una a la que daba de comer en el desayuno y en el almuerzo que vivía en una realidad completamente suya: estaba atada a una silla por obvios motivos de seguridad, ya que si no se iría por ahí para coger cualquier cosa de las habitaciones de sus compañeras.

También había otra que vivía en su mundo, siempre en la cama y a la que había que dar de comer: Lidia, a la que me gustaría recordar por el calvario que tuvo que pasar antes de morir. La muerte no se vive como la vivimos nosotros, ya que forma parte de la cotidianidad porque en Palestina no todos pueden acceder a los cuidados sanitarios y se necesita un permiso también para poder ir al hospital de Jerusalén, más allá del muro. No pasó ni un día sin que oyera hablar del muro dentro y fuera de la Casa. No pasó ni un día sin verlo al final de la calle que recorría cada día para ir a la Iglesia de la Natividad. Nunca hubiera podido imaginar lo que significa vivir en Belén encerrada no por bellos muros, como en la Ciudad Vieja de Jerusalén, si no por un muro de cemento armado de 8 metros de altura, con alambres con pinchos, torreones de vigilancia, cámaras de vídeo, etc. Cito el muro para que sea demolido, en mi vida, contra cualquier división; el haberlo “vivido”, de alguna manera, me permite dar a mi nieto (y no sólo a él) respuestas contra cualquier forma de separación.

Frente a una experiencia de voluntariado tan fuerte, solo puedo agradecer a ATS pro Terra Sancta la oportunidad que me ha ofrecido y que ofrece a todos los voluntarios de Tierra Santa.  En el corazón siempre llevaré el recuerdo de las mujeres de la Casa, de quien se dedica a ellas en cuerpo y alma y de todos los palestinos que he conocido, cuya paciencia y calma son un ejemplo para mí.