Agosto 2011

Intervención del Custodio de Tierra Santa en el Meeting de Rímini

Presentación de la exposición “Con los ojos de los apóstoles – Una presencia que trasciende la vida”.

Rímini, 24 agosto 2011

“En primer lugar, me gustaría empezar diciendo que lo que se me ha pedido no es nada fácil. Se me ha pedido que os hable de Cafarnaúm -un lugar bellísimo y fascinante- en relación con mi experiencia de fe en Cristo y que explique cómo esta experiencia sigue alimentando hoy en día mi vida como franciscano en Tierra Santa. Debo decir que me causa cierta inquietud pues, como siempre ocurre en toda experiencia personal que se cuenta, es decir, que se transmite, me obliga a hacer una síntesis entrando en lo más íntimo de la relación que alimenta y sostiene mis pasos en Tierra Santa. Esta intervención mía en el Encuentro me obliga, por tanto, a redefinir, a través de los años y las distintas circunstancias vividas, mi relación personal con la certeza (que es el tema del Encuentro) que significa Cristo, vivido en la escuela de la realidad concreta que es Cafarnaúm y la Tierra Santa. Esto es, a mi modo de ver, vivir la vida y la fe “con los ojos de los apóstoles”. Más que fidelidad a un depósito estático e inmutable, la “apostolica vivendi forma”, de franciscana memoria, expresa justamente la convicción de que aquí y ahora, en el pequeño fragmento de nuestras biografías y geografías, podemos ver y encontrar “una inmensa certeza” porque ésta ya ha habitado “en aquel tiempo” y “en aquella región”. ¿Cuál es, por tanto, mi experiencia de Cristo? ¿Que dice Cafarnaúm, un conjunto de ruinas, de esa experiencia? ¿Cómo aquella Tierra alimenta, incluso hoy, mi experiencia de Cristo en la vida cotidiana? Son preguntas sencillas, pero nada fáciles de responder.

Antes de llegar a Cafarnaúm, quisiera empezar por otro lugar más lejano, allí donde Dios habitó sobre la tierra en primer lugar y que no fue ni Cafarnaúm, ni Nazaret o Jerusalén, sino el jardín del Edén.

Y quisiera acercarme y escuchar con vosotros algunos capítulos de la Biblia que parecen muy lejanos entre sí y que son los primeros capítulos del Génesis y del Evangelio de san Marcos. Capítulos que parecen muy lejanos, pero que tienen algo en común: el hecho de formar, entre todos ellos, el inicio de algo.

El libro del Génesis habla del comienzo, de bereshit, para referirse no sólo a lo que viene antes que el resto, sino para anunciar la intención profunda que anima el corazón de Dios cuando creó el mundo y al hombre. Él quiere ser -es verdad que libremente y no por necesidad (“para su gloria”, como diría el Catecismo)- un Dios con el mundo y para el mundo, con el hombre y para el hombre. Un mundo y un hombre pensados, queridos, creados y amados. No es arriesgado afirmar que si el hombre es capax Dei, esto es posible porque Dios ha querido ser capax hominis[1] y, por lo tanto, capax mundi.

La primera verdad del hombre es la de haber sido creado para este encuentro, para esta relación viva y real en la que nace y crece la vida. El pecado aquí consiste en imaginar que la vida no se encuadra en el marco de la relación entre Dios y el hombre sino fuera o contra ella, en la huída a un mundo imaginario de potencia y de autoafirmación. Con Adán y Eva, el hombre ha asumido en sí esta duda. Lo que en un principio era simplemente real, como Dios y el hombre y la relación entre ambos, ahora está marcado por la duda. Y lo que queda es  una vida que debe ser inventada cada día, desde el amanecer hasta el ocaso, porque el hombre no conoce ya a Dios e ignora todo lo que ya le ha sido entregado.

La salvación consiste en el hecho de un nuevo encuentro que da nuevamente luz y vida a este mundo y a este hombre herido, que Dios nunca ha abandonado.

El evangelio de san Marcos, en su capítulo primero, nos dice que Jesús, cuando Juan es arrestado, comienza su predicación y entra en Cafarnaúm. El evangelista Mateo es un poco más preciso y nos dice que Jesús se fue a vivir a Cafarnaúm. Jesús se va a vivir a precisamente a una tierra herida y fragmentada, inhóspita para Dios y para el hombre. Y lo hace de una manera ordinaria, simple, entrando dentro de la vida concreta de su gente, en sus casas.

Quisiera detenerme en este banal pero importante aspecto. Todavía hoy se ven las calles que Jesús recorrió, los restos de la casa de Pedro. Podemos imaginar cómo era la vida de sus habitantes en aquel tiempo. Vemos las cocinas con sus hornos, los pavimentos, las escaleras… podemos suponer cómo eran los techos de paja. Entre esas casas está también la casa de Jeús. La vemos y unos pocos privilegiados pueden incluso tocarla, allá arriba en la orilla del mar de Galilea. Aquellos habitantes no tuvieron una experiencia emocional o teórica. Jesús estaba allí, en medio de ellos, en sus mismas casas. Los milagros que sacudieron sus existencias ocurrieron justo allí, en el interior de su real y ordinario contexto vital, transformándolo.

Pero volvamos al texto de Marcos.

La primera jornada de Jesús en Cafarnaúm no es una jornada cualquiera. Es sábado, día de fiesta que celebra el amor de Dios por el hombre, que celebra la alianza, la relación profunda entre nosotros y Él. Y en esta primera jornada hay cuatro momentos importantes. Lo escuchamos de boca del evangelista Marcos.

 * El primero (Mc 1,21-28) es cuando Jesús entra en la sinagoga y se pone a hablar. Sus palabras son una ensañanza, un decir de nuevo al hombre la verdad de Dios. Y, he aquí que, inmediatamente, junto a la voz de Jesús se alza la del demonio. Como en el Edén, junto a la voz autorizada de Dios está la del demonio. Y el demonio grita, su voz quiere ser más fuerte que la de Jesús, más fuerte que la Palabra. Quiere que el hombre escuche de nuevo su voz, no la de Dios. Y grita la distancia entre nosotros y Él: “¿Qué tienes tú que ver con nosotros?”. El demonio grita su verdad, grita su victoria: Tú eres un Dios lejano. Así que, ¿por qué estás aquí? Tu mismo ser nos arruina, has venido a arruinarnos…

Pero hoy, en Cafarnaúm, la voz de Jesús es capaz de hacer callar esta antigua voz. Quita del hombre esta duda, la de que Dios no puede ser más que un Dios lejano. “Calla, vete”. Donde la Palabra habla, el mal debe callar. Donde Jesús entra, el mal debe salir.

Y entonces, cuando finalmente el grito del mal calla, renace en el hombre la pregunta auténtica: ¿Pero quién es éste? ¿Quién es el que habla y hace callar en nosotros la voz del mal, la voz de la duda? ¿Quién nos salva así? ¿Es que Dios se ha hecho nuevamente cercano?

 * Una vez que sale de la sinagoga (Mc 1,29-31), Jesús entra en una casa, en la casa de Pedro, y cura a la suegra, que estaba en la cama con fiebre. Y la suegra, curada, se pone a servirle.

Y entonces Jesús va a habitar dentro de otra fractura, no la que separa al hombre de Dios, sino la que divide al hombre de su propio hermano, la que bloquea al hombre en su propia soledad, incapaz de servir. Allí va Jesús a habitar.

No hace nada. Simplemente llega hasta allí. De nuevo, simplemente entra.

 * Luego, hay otro pasaje muy interesante (Mc 1, 32-34), un tercer milagro. El evangelista san Marcos nos dice que, hacia la noche, tras la puesta del sol, toda la ciudad se había reunido ante la puerta y llevaban a Jesús a todos los enfermos y endemoniados. Éste es el tercer milagro, que toda una ciudad se haya reunido…

Jesús pasó por la sinagoga y curó al hombre en su relación con Dios.

Entró en la casa y curó al hombre en sus relación más íntima, las relaciones familiares.

Y luego, el tercer milagro, que ocurre una vez que las dos primeras relaciones son curadas, y es que todo un pueblo está allí, todos juntos, en una nueva solidaridad en el dolor que pide la salvación al único que puede darla.

 * Finalmente, hay un último pasaje (Mc 1, 35-30), y es que Jesús se marcha. A escondidas, de noche, se va a rezar. Y cuando se dan cuenta, se extrañan de que ya no esté allí y lo buscan, y lo encuentran. Pero Él les responde que no está sólo Cafarnaúm, que hay más sitios, más allá, que le reclaman y le llaman. Cafarnaúm no lo es todo, no es un lugar cerrado, aislado, sino la puerta que abre a otros, a todo el resto. La salvación de Cafarnaúm es aquella por la que el hombre reencuentra la propia solidaridad con el hombre. Eso es lo que ocurrió aquí, en Cafarnaúm; es lo que ocurrirá ahora, a todo hombre, a toda familia, a toda ciudad. Este más allá son todos los pueblos de Galilea.

Pero este más allá es, sobre todo, el Padre; y es en oración con Él cuando Jesús vuelve con el hombre que ha encontrado, con el que ha vivido. Él, que ha vivido con los hombres, ahora puede conducir al hombre a su verdadero hogar, a vivir en Dios.

Cafarnaúm es una puerta doblemente abierta, a la tierra de los hombres y al cielo de Padre.
 

Así, Cafarnaúm nos demuestra que la vida real del hombre es la auténtica Tierra Santa del encuentro con Dios. Encontramos a Dios viviendo la vida según su estilo, que es el de la relación, del encuentro abierto a Él. Existe de nuevo un lugar de encuentro entre Él y nosotros y este lugar es la simple realidad, tal como es. La vida vivida con y para el prójimo es el único lugar de encuentro con Él.

Y cuando digo vida no hablo de algo abstracto, idílico, limpio. No. Hablo de vida. E incluso quien conoce tan sólo un poco su propio corazón, sabe cómo ésta está marcada por la ambigüedad, por el pecado.

 

Sin embargo, justamente esta vida y esta tierra son el lugar del encuentro con Él. No hay experiencia de Dios que no pase por el drama, doloroso y bellísimo, de la vida de cada uno. Aquí, en nuestros encuentros, en nuestras casas, se produce la salvación. Esto es lo que han visto, y contemplado, los ojos de los apóstoles.

Estando en Tierra Santa me he ido convenciendo, poco a poco, de esto. No porque lo haya estudiado en los libros sino porque se me ha concedido vivirlo. Para esto, la Tierra Santa es un lugar formidable. Custodiar los Santos Lugares no es una simple misión arqueológica. Estar en Tierra Santa como franciscano y custodiar la memoria de los Santos Lugares nos obliga, sobre todo, a custodiar el testimonio y la experiencia a la que estos Lugares hacen referencia. El Lugar del encuentro que llega a hacerse perdón debe convertirse en testigo de encuentro y de perdón. Si Jesús ha vivido en una tierra impregnando al hombre concreto con la verdad y la divinidad, es posible vivir en la Tierra con y como Él. Si existe la Tierra Santa, quiere decir que existe un modo santo de vivir en la Tierra. Con palabras de Rahner, “Si el Verbo se ha hecho hombre, ¡todos los hombres pueden, en potencia, hacerse el Verbo!”.

Por tanto, Cafarnaúm nos dice que en esta tierra y entre los hombres, el encuentro con Dios es todavía y siempre posible. No se encuentra a partir de las ideas. O mejor dicho, no se encuentra si las ideas de cada uno no tienen un peso, un espesor, un terreno real de vida vivida en la apertura al prójimo y a Dios. Porque las ideas, sin la vida, se deben defender y el prójimo se convierte en un enemigo al que se culpa de nuestra carencia de vida. Pero si las ideas llevan en su interior la vida, no es necesario defenderlas, es la vida misma quien las defiende, quien dice su verdad… Pero no sólo esto. El encuentro con el prójimo, con la diversidad del prójimo, nos empuja en cierto modo a verificar la realidad de nuestra experiencia. ¿Son sólo ideas? ¿Son sólo pensamientos hermosos, bellas palabras… o hay algo más?

Por tanto, para nosotros, estar en Tierra Santa no debe ser sino hacer lo que Jesús mismo ha hecho, es decir, vivir con vitalidad en este mundo fracturado, ser la prolongación de su vida de acogida y entrega. ¿Cómo lo hacemos? De una forma muy simple: intentando simplemente vivir el Evangelio. La misión, de hecho, no es hacer cualquier cosa sino vivir el Evangelio en el lugar, en las condiciones a las que eres enviado.

Vivir el Evangelio es, precisamente, esta posibilidad de no tener miedo de la realidad, de la vida; esta posibilidad de estar dentro, sin huir, reconociendo en ella una Presencia. Una Presencia que sólo puede encontrarse entregándose a la vida tal y como la vida es. El Evangelio es el estupor de poder vivir todo lo que sucede sólo porque hay Alguien allí, contigo.

Vivir el Evangelio es, sobre todo, hacer esta experiencia en primera persona. Y esto es, precisamente, estar allí, en la propia historia, sin inventarse otro camino de salvación sino el que viene de la cruz de Cristo. Estar solo allí, con la propia pobreza, y dejar que Dios nos salve contínuamente. Vivir sólo de esto y no tener nada más, estar en el corazón del misterio. Vivir el Evangelio en Tierra Santa donde, con frecuencia, encontrarse resulta complicado, donde el pasado (y el presente) de violencia ha marcado la vida de todas las comunidades, sociales y religiosas, hasta convertirse en el único criterio de lectura de las relaciones actuales… para un franciscano es cuestionar e interrumpir el círculo vicioso de la violencia y del temor siendo testigo de la salvación.

Con frecuencia tenemos una idea vaga y abstracta de la salvación. Hablamos de ella como si fuese algo que ocurrirá un día, un momento en cuya espera tratamos hacer todo lo mejor que podemos. Esa no es la salvación cristiana. Las páginas del Evangelio de Cafarnaúm nos hablan de una salvación muy concreta y de un Dios que llega para vivir exactamente en el espacio de tu vida cotidiana, para quien esta vida cotidiana, tal y como es, se convierte en el camino de tu encuentro con Él. No es necesario inventarse nada. Si la fe no es esto, si permanece ligada a cualquier práctica o cualquier momento de la jornada, si no se convierte en un vivir en el interior de la vida junto al Señor, una mirada atenta y curiosa para reconocer su paso por la historia; si, finalmente, no transforma toda la existencia, la realidad será siempre una amenaza de la que defenderse. “Tu fe te ha salvado…”, dice el Señor a los que encuentra.

Jesús habita en su Tierra con unas actitudes concretas, como la paz, la gratuidad, la acogida, el perdón. Jesús no podría habitar nuestro pecado si su forma de estar entre nosotros no fuese el perdón. Cuando, en Cafarnaúm, presentan el paralítico a Jesús (Mc 2, 1-12), bajándolo por el techo, Jesús, en primer lugar, le perdona.

Sólo aquí nace la posibilidad de encontrar al prójimo en su diversidad y de descubrir cómo este encuentro nos da y nos revela algo de nosotros mismos, de nuestra relación con Dios, que de otra forma no habríamos descubierto jamás.

Quisiera, a continuación, hablar de una experiencia personal que ha marcado fuertemente mi estancia en Tierra Santa. Al principio, durante mis primeros años en Jerusalén, el contacto con el mundo no católico y no cristiano se limitaba a un simple cruzarse por las calles con judíos, musulmanes y cristianos de otras denominaciones, en la toma de conciencia de las distintas tradiciones que, de un modo u otro, influían en la vida de esta antigua ciudad. No hubo encuentros personales particulares sino, a veces, episodios aislados más o menos simpáticos que todos los habitantes de Jerusalén han experimentado: hay quien te bendice, quien te maldice, quien te escupe por la espalda, quien te para para hablarte… Todo ello sumado, mi vida transcurría tranquila dentro de los distintos conventos. En suma, no tuve ocasiones especiales para el “diálogo”, como decimos hoy. Estaba y vivía dentro de un mundo que siempre había sido el mío: cristiano, católico y religioso. Me preguntaba y yo mismo me respondía.

Las cosas cambiaron cuando me enviaron a estudiar a la Universidad Hebrea de Jerusalén. Aquella fue mi primera y auténtica exposición, el primer contacto auténtico con una realidad que para mí era totalmente ajena y extraña. Estudiaba Biblia y, por tanto, estaba en el Departamento de Estudios Bíblicos de la Universidad, donde todos eran religiosos. Unos más, otros menos.

En aquel período yo era el único cristiano de todo el Departamento. Tras las primeras e inevitables dificultades surgieron las amistades auténticas. En las relaciones y en las larguísimas discusiones que teníamos me di cuenta que no teníamos un lenguaje común. No me refiero a la lengua hablada sino al modo de pensar, a los conceptos. Al hablar de mi fe -porque casi sólo y exclusivamente hablaban de esto conmigo- no era capaz de explicar prácticamente nada, y no porque no tuviera las palabras sino porque éramos de dos mundos distintos. Eucaristía, Trinidad, encarnación, perdón, familia, vida social, etc. El mismo concepto de mesianidad, que yo creía que era sólido, es tan distinto… así como distinta es la lectura de la historia. El Antiguo Testamento, que decimos siempre que nos une, en realidad se lee y se vive de manera distinta y no nos une tanto como pensamos.

Poco a poco entendía que más que mi reflexión sobre Cristo, lo que les interesaba era mi experiencia de Cristo.

Mis compañeros eran generalmente colonos procedentes de los, así llamados, asentamientos ocupados por Israel, o ligados a ese mundo. Su experiencia de fe y la lectura de la Biblia les había llevado a asumir posiciones radicales, también discutibles. ¿Cuál era la mía? No había ni hostilidad ni desafío en su comportamiento, sino simple y sincera curiosidad. Una curiosidad ante la cual me sentía interrogado. ¿Cuál era mi experiencia de Cristo y cómo hablar de ella de forma creíble y comprensible? Hasta entonces siempre había vivido en un ambiente cristiano y eclesial y mi modo de ser reflejaba ese mundo. Pero era también evidente que, además del esfuerzo de comunicación, era necesario un esfuerzo de purificación de las motivaciones propias. Entonces entendí lo que significa concretamente la palabra “testimonio”, su complicación y su fascinación. Y me di cuenta de que el testimonio se convierte en verdadero y vivido cuando se hace un sincero esfuerzo al comunicarlo. No hay experiencia sin testimonio. No hay testimonio que permanezca encerrado en sí mismo.

Aquel período supuso para mí una especie de re-fundación de mi vocación. El contacto -o, si queréis, el diálogo- con el mundo judío me había obligado a releer mi propia experiencia y confrontarla con la de otras personas, a compartirla de un modo que antes no conocía. Yo hablaba de Cristo a personas que no lo aceptaban como Señor. Y esto no sólo no nos dividía sino que reforzaba nuestra relación. No podré nunca olvidar la lectura continua del Nuevo Testamento que hacíamos juntos por las tardes, o por las noches. Algunos venían de muy lejos para no perderse aquellos encuentros. Y no era precisamente yo quien les animaba a venir. Yo, más bien, lo pasaba mal, al menos inicialmente. Casi, en cada página me preguntaban: “¿Qué quiere decir?, ¿qué te dice a ti?, ¿porqué?…” y me encontraba siempre con una concepción paralela en la literatura rabínica, y después escuchaba sus impresiones, y me conmovía con sus conmociones. Cuando, algunas veces, me permitía bromear amistosamente criticando alguna cuestión eclesial, incluso también como forma inconsciente de captatio benevolentiae, les colocaba en situaciones embarazosas. Ellos amaban Israel. Yo tenía también que amar a la Iglesia. Mis dudas interiores no las tenía que discutir con ellos. El testimonio no era ya sólo una obligación para mi, sino una necesidad para ellos. En cierto sentido, me venía “impuesto” por su amistad.

Y es en el terreno de la vida real donde he hecho grandes amigos.

Y he descubierto también que la amistad es aquella experiencia que te lleva al mundo real, a lo que eres, que te empuja a ser simplemente tú mismo.

Esta experiencia de encuentro con personas totalmente distintas, seguido después por otros encuentros de distinto tipo pero de igual intensidad, han transformado mi relación con Jesús. Desde entonces las cosas a hacer no han cambiado, pero sí mi forma de hacerlas. Esos encuentros me han empujado a adoptar de una forma totalmente nueva una decisión personal en relación con Jesús. En este sentido, puedo decir que gracias a aquellos amigos, he encontrado a Jesús de una manera nueva y más íntima.

¿Como me encuentro hoy con Cristo? No estoy siempre preparado para el encuentro. Pero sé cuáles son los puntos fundamentales para mi: la Palabra y la oración, el Lugar y las personas. Todo junto. La relación con el Lugar nos lleva continuamente al evento del que nos hablan las Escrituras, convirtiéndolo en memoria cercana, concreta. La relación con las personas nos empuja a certificar la verdad de nuestra experiencia. Las relaciones en Tierra Santa están terriblemente dañadas. Y es precisamente estando ahí dentro, dentro de esas relaciones, donde se encuentra la provocación cotidiana de la relación con Cristo, y entonces todo se vuelve concreto, difícil, aunque necesario: perdón, gratuidad, libertad, caridad, moderación, paciencia, acogida… se vuelven necesarias. Negarse a esto sería negarse a Él.

Para concluir diré que, como franciscanos de Tierra Santa, nosotros hacemos, más o menos, lo que hacen los demás: rezamos, estudiamos, enseñamos, llevamos a cabo excavaciones arqueológicas, custodiamos los lugares, acogemos a la gente, construimos casas, trabajamos, vendemos y compramos… Pero el sentido de lo que hacemos no se encuentra en lo que hacemos sino en la posibilidad que surge de amar la vida del hombre, sabiendo precisamente que toda vida es posibilidad de la presencia de Dios. Es sacramento de un encuentro. El fin no es el producto sino la relación, el encuentro. Es el Evangelio de la presencia, es el estar allí, ser allí.

Del encuentro con esta tierra recibimos la gracia de comunicar una experiencia real de Cristo, porque aquí las palabras no bastan. O quizá porque las palabras son demasiadas y ya nadie se las cree.

Lo que queda, sin embargo, es la experiencia concreta de ir hasta el fondo de la propia humanidad, más allá de la apariencia, en un camino nada fácil de verdad.

Por eso, hacemos más o menos lo que hacen los demás, y no somos ni mejores ni peores que el resto. Sólo tenemos esta certeza: que el Señor continúa caminando dentro de la historia del hombre, que sigue siendo una historia difícil, pero habitada y perdonada. Y, por ello, preciosa.

Estamos con el regusto de quien quiere impregnar todo con la novedad única de nuestra fe, que es la salvación, y una salvación personal que toca a cada hombre en particular. Estamos, por tanto, manteniendo la puerta abierta, como abierta era la casa de Pedro que acogió a nuestro Señor Jesús. Abrimos a Dios las puertas de la realidad, es decir, damos a Dios lo que, con frecuencia, el hombre no se atreve a darle y que es el propio dolor, el propio pecado, la necesidad propia de salvación. Y con la tenacidad y la esperanza de quien quiere ver realizada esta salvación, quien quiere ver el alba de Cafarnaúm, también allí donde todavía parece de noche.



[1] Cfr A. Gesché, «Dieu est-il “capax hominis”», en Revue Théologique de Louvain, 24 (1993) 32 ss.

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