Abril 2016

Le informamos sobre nuestro viaje a Siria

Al llegar a Alepo, tras dos días de visita en Damasco, el enorme campanario de la iglesia de San Francisco parece esconderse detrás de lo que queda de los majestuosos palacios centenarios. Aun así, lo que queda en pie, protegido por una montaña de escombros, es una estructura imponente, sólida, entre las cinco iglesias que aún se mantienen en pie en la ciudad. Hoy la comunidad parroquial se encuentra ante una tregua frágil, que además ya se ha roto.

“Han comenzado a bombardear de nuevo“, nos hacen saber. “Nos están lanzando misiles”. A pocos metros de la parroquia latina se está disputando la partida más importante de esta guerra larga y absurda: la batalla por Alepo. Las puntuales explosiones nocturnas nos lo recuerdan continuamente, aunque el clima que se respira en los días de pascua nos habla de una alegría palpable y humanamente “imposible”. “Shukran“, “gracias”, repiten continuamente los feligreses a los que han ayudado los frailes franciscanos durante los cinco últimos largos años de guerra.

Es el reconocimiento por el granito de arena que aportamos con nuestra ayuda esos “extraños” cristianos vestidos de marrón, pero es también una forma de expresar la gratitud por estar allí, entre ellos, compartiendo la alegría que brinda la fiesta de la Resurrección. Una vez más: “¡Gracias! Gracias de todo corazón a los amigos de la Asociación pro Terra Sancta por lo que habéis hecho y por lo que haréis“. El párroco franciscano rebosa sentimientos al final de la vigilia pascual. En su discurso, que pronuncia intencionadamente también en italiano, para llegar a todo el mundo, le da las gracias a los benefactores y a todos los que han ayudado de cualquier forma a la parroquia de Alepo en este invierno frío y violento. “Con el dinero recaudado hemos podido aliviar el sufrimiento de una estación que ha sido terrible“.

Tiene razón el padre Firas Lutfi. También él se encuentra en Alepo, junto con otros 4 frailes. En el convento en el que vive, el agua y la electricidad solo están disponibles durante unas pocas horas. Desde las once de la noche la oscuridad es total. Nadie se mueve por las calles. Alepo se transforma en una ciudad fantasma. Pocos metros nos separan de la zona ocupada por los rebeldes. Es entre estas estrechas calles del barrio de Azizieh donde los frailes de la Custodia de la Tierra Santa nos acompañan para mostrarnos que, incluso entre los escombros, hay cosas que empiezan a renacer.

“Gracias a las ayudas recibidas hemos podido restaurar algunas casas para aquellos que se habían quedado sin un hogar en el que vivir”. Entre ellas se encuentra George, un ingeniero. Ha perdido su hogar tres veces porque se encontraba demasiado cerca de la línea fronteriza, que avanzaba al ritmo de los bombardeos.  También su oficina ha quedado completamente destruida. Pero él nunca se cansa de dar las gracias. “Gracias a Dios estoy vivo, el Señor me quiere. El Señor me ha perdonado la vida y yo continuo orándole“. “Una fe inquebrantable”, como nos dijo el padre Samar cuando fue a verle tras los bombardeos que acabaron con todo lo que tenía.

En un radio de 40 m2, a poca distancia de la casa de George, vive Alexander. Alexander es doctor, especialista en cirugía, y quedó viudo poco después del comienzo de la guerra.  Hace un año perdió también a su hijo, Issa, que murió víctima de un mortero. “Jesús es mi única esperanza”. Lo ha aprendido desde el inmenso sufrimiento de haber perdido a su único hijo y a su mujer, a los que se llevaron los señores de la guerra. Lentamente, la iglesia parroquial, el lugar que al principio solo visitaba los domingos, se ha convertido en su casa. “Los frailes han estado junto a mí como nadie lo ha hecho. Cuando no tenía nada, me dieron de comer, me acogieron. A través de ellos he experimentado la presencia y el amor del Señor. Y no quiero abandonarlo jamás”.

Al final de la calle viven Simon y Rula, marido y mujer. Hace algo menos de dos años perdieron a sus dos hijos. También a ellos la parroquia les está ayudando a reconstruir su casa. “Llegó un mortero al balcón, donde estaban jugando nuestros dos hijos, de 3 y 7 años“. El balcón quedó destrozado y los niños terminaron literalmente en pedazos. El día del funeral Rula gritaba con desesperación porque quería abrir a toda costa los pequeños ataúdes para dar el último beso a sus dos pequeños. O a lo que quedaba de ellos. Después, a los pocos meses, ocurrió el milagro. La compañía de los franciscanos, la fuerza de intentar perdonar y, por último, también de aceptar otro hijo, que llegó algunos meses después de la tragedia.

Un niño al que han decidido llamar Angelo. “El Ángel que el Señor –dice sonriendo Rula– ha decidido enviarnos desde el cielo cuando creíamos haberlo perdido todo“.

 Ayuda los franciscanos en Siria !

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