Se acaba una aventura y comienza otra: el cuento de Davide, joven ex-voluntario en Servicio Civil

Por un año ha sido involucrado en el Museo Arqueológico, en el ámbito del proyecto “Narrar la historia de Tierra Santa”, Davide Bianchi ha regresado a Jerusalén para meter a disposición sus competencias como arqueólogo, al servicio de los Lugares Santos. A continuación su cuento que expresa el gozo de regresar y la ganas de comenzar esta nueva aventura:

“Es difícil en pocas rayas resumir las maravillosas experiencias y aventuras que he vivido durante este año. De los primeros tímidos momentos entre las salas del Museo, ricas en numerosos hallazgos de catalogar, a la fascinante aventura de las misiones arqueológicas de excavación en Jordania en la Basílica del Memorial de Moisés sobre el Monte Nebo. La aventura del Servicio Civil me ha ofrecido muchos encuentros, sorpresas y regalos. Propio uno de estos ha sido la posibilidad de volver a Jerusalén, y, más que del año pasado, quería escribir lo que ha representado para mí la vuelta aquí, después la maravillosa experiencia que he vivido. La Ciudad Vieja al anochecer, los usuales callejones olorosos de especias y hormigueados de peregrinos al regreso de los Lugares Santos, casi próximos a las celebraciones pre-pascuales, los rostros conocidos de personas desconocidas. El portón de madera: casa “María Nina”, las escaleras de piedra, la puerta, la luz prendida…¡Nando que se queda hasta el próximo verano! ¡El saludo, el abrazo! Por un instante el sentido de un tiempo lejano. Poco después la conciencia de estar viviendo de nuevo la misma experiencia, no obstante todo de estar aún aquí.

Un mes, este de febrero, raro: marcado por salidas, por silencios y por esperas. En marzo nuevos voluntarios que llegan, y la Pascua, que aquí significa fibrilación por todas partes. El primer día casi termina, con la visita al Museo hecha por un grupo de estudiantes italianos, estudiantes de arqueología en la Universidad “Sapienza”. Aquel gozo todo mío de raptarlos a lo largo de dos horas guiándolos entre las salas llenas de antiguallas y de darles una voz, contar su proveniencia y detenerme sobre la conmoción de una muchacha después de la explicación del Santo Sepulcro, y yo, sonriente, contento de haber logrado mi intención.

Ya ha venido la noche, y como un viejo explorador regreso a casa. Entre las calles vacías, desiertas, de noche, la Ciudad Vieja vive una calma irreal, entre el misterio y lo místico. En la espera de ser despertada dentro de pocas horas por el canto de su “almuecín”, que la primera noche – después de la pausa italiana – me despertó a mí también”.