El 28 de mayo de 2026 se reanudaron los bombardeos sobre el Líbano, afectando a Beirut, Tiro y Sidón. Quisimos hablar sobre la situación en el país y, más en general, sobre cómo vive la población en un contexto asolado por la guerra con Giacomo Gentile, responsable de proyectos de Pro Terra Sancta, mientras se encontraba en una misión en la tierra de los cedros.
¿Cómo describirías la situación en el Líbano?
Me encuentro precisamente en Beirut desde hace unos días; en este momento estoy en la casa de huéspedes de los frailes franciscanos en Gemmayze, a pocos metros del puerto de Beirut que en agosto de 2020 sufrió una dramática explosión, otro momento desdichado en la historia del Líbano. Lo primero que notas al llegar es el fortísimo ruido que viene del cielo: hablo de los drones. Hay uno en particular que se posiciona sobre la ciudad de Beirut desde las 9 de las mañana hasta las 5 de la tarde y produce un zumbido constante. Este dron coordina las operaciones desde el sur hasta la periferia de Beirut y controla también los movimientos de los milicianos de Hezbolá; de hecho, es un dron de las fuerzas militares israelíes. Esta es la imagen con la que quería empezar: el ruido que acompaña todas las horas del día y produce un estado perenne de fondo de ansiedad y miedo.
¿Cómo y dónde viven los desplazados libaneses?
Para entender la magnitud de esta tragedia humanitaria debemos mirar el mapa. En el sur del Líbano está la famosa "línea amarilla" (yellow line), una frontera con forma de L invertida controlada físicamente por militares que han entrado unos 15 kilómetros dentro del país, acercándose peligrosamente al río Litani. El recrudecimiento de los bombardeos en esa franja ha arrasado barrios enteros y ha causado, solo en los últimos dos meses, más de 1.300.000 desplazados. Para hacerse una idea: estamos hablando de un millón trescientas mil personas que se mueven por un territorio que es poco más grande que la región italiana de las Marcas, sobre una población total de apenas 5 millones. Es una proporción espantosa.
Esta marea humana ha escapado del sur y ha invadido literalmente Beirut, llegando incluso hasta el norte del país. Hoy los refugiados se encuentran por todas partes en la ciudad: desde las zonas de conflicto como el barrio de Dahieh, hasta la Corniche, el paseo marítimo que suele ser la zona más rica y elegante. Las calles y los grandes aparcamientos están ya llenos de tiendas de campaña. Pero el problema dramático es que han pasado muchos días, y vivir en una tienda sobre el asfalto ya no es sostenible. Surgen varias preguntas: ¿dónde están los servicios higiénicos? ¿Dónde se lava la gente? ¿Dónde se cambian de ropa? Estamos ante una enorme emergencia sanitaria.
Por eso, precisamente en estas últimas semanas, desde Pro Terra Sancta estamos trabajando junto con el Gobierno y otras realidades locales para sacar a las personas de las calles y organizar los llamados shelters, refugios equipados donde poder devolver a estas familias un mínimo de higiene, seguridad y humanidad.
(Giacomo continúa mostrando algunas fotos tomadas estos días. Muchas representan barrios y casas completamente destruidos; otras muestran a las personas que reciben ayuda en este momento).

¿Qué son los "shelters" y qué tipo de ayuda proporcionan?
En primer lugar, son todas las escuelas públicas del Líbano. Llevan cerradas de nuevo casi dos meses y medio y acogen a miles de desplazados que viven en las aulas. Las clases están suspendidas para todos: hay numerosos niños de las familias desplazadas en estos shelters. Luego están los edificios públicos abandonados y en estado de degradación, que se habilitaron de inmediato para acoger a la gente y sacarla de las tiendas de campaña.
También hay muchos conventos y monasterios, sobre todo maronitas, que han abierto sus puertas para hospedar a cientos de personas. En ese momento, los municipios —desde Beirut hasta Trípoli y Zgharta— pidieron a las ONG colaborar y repartirse estas escuelas para ayudar en lo inmediato mediante la distribución de comida, agua potable y jabón.
Desde Pro Terra Sancta gestionamos seis escuelas en Beirut y cuatro shelters en el norte, cerca de Trípoli. Además, llevamos a cabo, donde es posible, actividades de apoyo escolar y, sobre todo, de soporte psicosocial para los niños, que están asustados y pasan los días prácticamente sin hacer nada.
¿Cuál es el aspecto más dramático de la crisis actual en el Líbano?
El aspecto más dramático de la crisis actual radica en la creciente certeza de que el sur del Líbano seguirá siendo inaccesible durante mucho tiempo: hablamos de uno o dos años, si no más. Si en el otoño de 2024, ante una crisis similar, la población aún esperaba un alto el fuego inminente que permitiera el regreso a sus hogares, hoy esa esperanza se ha desvanecido.
Nos encontramos así ante un nuevo interrogativo que interpela directamente al gobierno y a toda la comunidad internacional: ¿cuál será el destino de un millón trescientas mil personas desplazadas? ¿A dónde irán y cómo se podrá reorganizar internamente un país en el que una región entera corre el riesgo de quedar inhabitable durante años?

¿Es posible marcar la diferencia en un contexto así?
Se puede. Para ayudar concretamente hoy en el Líbano, como ONG tenemos activos numerosos proyectos sobre el terreno que responden a dos niveles de necesidad: el material, que es urgentísimo, y el psicológico, que es quizás el mayor desafío dentro de esta tragedia.
Por un lado está la emergencia inmediata. Ayudarnos significa sostener nuestros dos dispensarios médicos, uno en Beirut y otro en Trípoli: una ayuda que nos permite llevar medicinas, cubrir los costes de las consultas y enviar fármacos directamente desde Italia. La demanda es enorme, tanto para enfermos crónicos como para heridos de guerra. Significa también garantizar el funcionamiento de las cuatro cocinas comunitarias que producen comidas calientes todos los días, la distribución de alimentos y todo el apoyo educativo y psicológico para los niños desplazados en las escuelas y refugios.
Pero hay un segundo nivel, igualmente importante. Sostener estos espacios significa reconstruir los lazos sociales que el miedo está desmantelando. Hoy en el Líbano vuelve a serpentear la desconfianza: hay familias cristianas que temen hospedar a familias chiíes, y viceversa, porque temen convertirse en un objetivo militar. Es ahí, dentro de esta necesidad inmensa, donde el espíritu de caridad se convierte en el único lugar para redescubrir la humanidad.
Ayudarnos no significa solo enviar apoyo económico, sino permitir que un anciano solo vaya al dispensario aunque sea para hablar un rato y tomar un té con los médicos, o dar una respuesta a aquella madre que me decía, con la voz rota por el llanto: "Nosotros no pedimos vivir con dignidad, en este momento solo pedimos vivir. La dignidad se ha convertido en un lujo". Sostener estos proyectos significa hacer que la reciente visita del Papa en noviembre no haya sido en vano, sino que siga dando frutos. Porque la certeza más profunda es que cuando alguien te visita y se ocupa de ti, tú recuperas la fuerza para hacer lo mismo con los demás. Y es así como la ayuda se transforma en agua viva para todos.











