Treinta y tres páginas densas, escritas desde Jerusalén en medio de una crisis que no parece querer terminar, con la claridad de quien no se hace ilusiones pero no se rinde. Una carta que no es un comunicado ni un análisis político: es algo mucho más raro.
Es un hombre que intenta decir a su comunidad —y quizás a todos nosotros— dónde se encuentra, qué ve y por qué todavía vale la pena quedarse. El autor es el Patriarca de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa.
El punto de partida es honesto hasta el punto de doler. Pizzaballa describe un Oriente Medio marcado por la disolución de los vínculos, por el miedo, por la desconfianza en las palabras. "Convivencia", "diálogo", "justicia": términos que parecen desgastados, vacíos, pertenecientes a un mundo que ya no existe. Las comunidades cristianas viven dentro de este cansancio, no fuera de él. La guerra no es un trasfondo: es el suelo que se pisa cada día.
Y sin embargo —y es aquí donde la carta se convierte en algo hermoso— el Patriarca no se detiene en el diagnóstico. Se pregunta: ¿cómo se habita este desorden como cristianos? No cómo se sale de él. Sino cómo se permanece dentro, sin dejarse absorber por él.
La respuesta que construye es bíblica, sólida y, en cierto sentido, sorprendente. Parte de la imagen de la Nueva Jerusalén del Apocalipsis: una ciudad que no se levanta con sus propias fuerzas, sino que desciende del cielo, recibida como un don. Una ciudad sin templo —porque Dios no está concentrado en un espacio, sino que habita en medio de su pueblo—. Una ciudad con las puertas siempre abiertas, que se enriquece con lo que las demás naciones aportan. Una ciudad cuya vocación no es defenderse, sino sanar.
Es una imagen que no consuela en el sentido fácil del término. No dice que todo saldrá bien. Dice algo más exigente: que el bien puede nacer en cualquier lugar, incluso aquí, incluso ahora. Y que esta posibilidad genera una responsabilidad.
Lo que más impacta de la carta es el rechazo rotundo a cualquier retórica. Pizzaballa no utiliza el heroísmo como categoría. No pide gestos imposibles. Pide rezar, mantener abiertas las escuelas, estar cerca de los ancianos, no usar palabras violentas, acoger a quien viene de fuera. Gestos mínimos, en apariencia. Pero son exactamente estos gestos —multiplicados en miles de historias que no son noticia— los que impiden que el mundo se reduzca solo a lo que muestran los informativos.
Hay una frase importante en esas páginas: «Los cristianos en Tierra Santa no son un tercero en discordia. Son sal, luz y levadura dentro de las sociedades a las que pertenecen». No un colchón neutral. No un cuerpo separado. Gente que comparte la historia, la lengua, las heridas de su propio pueblo —e intenta fermentarla desde dentro con una visión diferente—.
Agradecemos al Patriarca estas palabras. Por el esfuerzo que sentimos tras ellas. Por el valor de no simplificar cuando todo empujaría a hacerlo. Por haber escrito una carta que no es para especialistas, sino para familias, parroquias, escuelas: para cualquiera que, incluso lejos de esa tierra, se pregunte todavía cómo se puede esperar sin ser ingenuos.
La enseñanza que nos llevamos es sencilla. La esperanza no es optimismo. No es pensar que todo irá bien. Es saber que el bien puede nacer incluso en las peores situaciones, y que esto —solo esto— genera una responsabilidad. Para nosotros, desde aquí, significa no desviar la mirada hacia otro lado. Significa apoyar a quienes se quedan, a quienes reconstruyen, a quienes curan, a quienes enseñan. Significa comprender que Jerusalén no pertenece a nadie de forma exclusiva, sino que nos concierne a todos —porque es el corazón de una historia que también es la nuestra—.
Volvamos a Jerusalén con alegría. No porque sea fácil. Sino porque, como escribe Pizzaballa, la alegría pascual sabe que la luz vence a las tinieblas, que la vida derrota a la muerte, que el amor desarma al odio. Y esto, ninguna guerra, por ahora, ha logrado desmentirlo del todo.











